Setenta años después, ella todavía lo recuerda: en los baúles que cruzaron el mar vino lo poco que trajeron –la ropa, los zapatos–, pero nunca vino su muñeca.
–Marysia. Mi Marysia.
Teófila Chuchla Kaluzyñski nació el 26 de abril de 1928 en una pequeña aldea polaca, Blazowa, hija de Anna y de Józef, un hombre que cuando ella tenía un año emigró a la Argentina para probar suerte. En la Galitzia polaca, la región donde la familia vivía del cultivo y el ganado, las tierras eran escasas. La Argentina era un país exótico y lejano, pero prometía hectáreas fértiles para los que estuvieran dispuestos a trabajar. En 1897, cientos de polacos habían llegado al país para instalarse en Apóstoles –Misiones– y después de la Primera Guerra Mundial otros, igual de empecinados, fundaron en esa provincia las colonias de Wanda y Polana. Los demás llegarían después de la Segunda Guerra, en un último desembarco que terminó en 1950. Es que Polonia, país que tuvo la primera Constitución escrita de Europa (en 1793), nunca fue tierra tranquila, y la emigración ya era una costumbre arraigada, a tal punto que se calcula que doce millones de polacos viven fuera de sus fronteras. En 1772 sus tierras se repartieron entre Prusia, Rusia y Austria, y ya no volvió a ser Estado independiente hasta finalizada la Primera Guerra. Pero la bonanza duró poco. En 1939 Hitler invadió el país, menos de un mes después lo hizo Rusia, y hasta el fin de la Segunda Guerra (aun con tentativas de liberación, como la formación de un ejército polaco en el extranjero que apoyaba a los Aliados y el Levantamiento de Varsovia, un intento de la resistencia polaca por recuperar la ciudad capital, del que se cumplieron 60 años en 2004), Polonia fue tierra de otros. La Segunda Guerra dejó seis millones de muertos –la mitad de ellos judíos– y los guetos y Auschwitz inscribieron al país en las páginas más oscuras de la historia y dejaron, hasta hoy, un tendal de acusaciones cruzadas entre polacos judíos y polacos católicos; "delatores, colaboracionistas", dicen unos; "nosotros también sufrimos", arguyen los otros.
Terminada la guerra, el país quedó bajo la égida comunista. Recién en 1990 Lech Walesa, el líder del sindicato Solidaridad, fue elegido presidente por voto popular y en 2004 se incorporó a la Unión Europea, con cuarenta millones de habitantes en su territorio.
Pero en 1929, cuando el padre de Teófila vino a la Argentina, nada de eso había sucedido, y lo único que ese hombre llamado Józef quería era ganar dinero y volver a Polonia con ahorros.
–Había una publicidad que decía que en la Argentina había campos y que si se trabajaba se podía progresar –recuerda Teófila–. La publicidad ésa la hacían los judíos que eran dueños de comercios importantes. Papá era muy buen carpintero, pero en la Argentina lo agarró la crisis del 30, y tuvo que empezar a trabajar en la cosecha.
Cosechó maíz, trigo y papa en la provincia de Buenos Aires. Mientras tanto, pasaban los años y enviaba cartas a Polonia, a esa mujer cuyo rostro empezaba a desdibujarse, y a esa hija, que apenas conocía.
–En Polonia nosotras vivíamos a dos cuadras de un río precioso. Cuando venía del deshielo salían las prímulas, íbamos a casa de mi abuela, cruzando el bosque, juntando flores. Cada año le mejorábamos el nidito a la cigüeña. Pero yo quería ver a mi papá.
De modo que en 1936, cuando su madre, Anna, le anunció que se iban a la Argentina, Teófila ya no pensó en los primos ni en la casa que no vería nunca más: pensó en su padre.
–Yo tenía 9 años. Cuando subimos al barco mamá lloraba y yo pensaba por qué llora, si vamos con papá. Ella se llevó su bolsita con tierra para que la enterraran con su tierra en los zapatos. Murió a los 96 años, con su tierra.
Cuando llegaron a Buenos Aires, Teófila no cabía en sí de la alegría. Allí, en el puerto oscuro y tan de noche, estaba esperando Józef, ese desconocido que era su padre.
–Y nos llevó a la pieza que había alquilado a una familia de turcos en Lavalle y Pueyrredón. La ciudad era tan linda, tan limpia. En la calle French había baños públicos, y una vez por semana íbamos los tres a darnos baños en la bañera. Pero, claro, a veces la convivencia entre mamá y papá no era fácil. Ella había pasado siete años sola y acá volvía a estar bajo la dependencia de un hombre.
Teófila se hizo adolescente, después adulta, y conoció al que sería su marido, Enrique Kaluzyñski, un polaco que había llegado al país como polizón después de haber sido prisionero de los alemanes, primero, y de los rusos, después. Pero aún hoy, después de tanta vida, Teófila no puede olvidar a su Marysia.
–Era una muñeca que me había hecho mamá. Nos estábamos por venir a la Argentina, y escucho a una amiga de mi mamá que le pregunta: "¿No me vendés la muñeca de tu hija?". La mañana en que nos fuimos de casa busqué mi Marysia, y no la encontré. Y me dijo mi mamá: "La puse en el baúl". Llegamos a la Argentina, empezamos a sacar cosas y mi muñeca no estaba. Me puse a llorar. Mi papá dice: "Pero qué le pasa". Y digo: "Mi Marysia, mi muñeca, no está". Mi mamá se la había dado a la amiga.
En la penumbra de su departamento de Belgrano la voz de esta mujer de casi ochenta padece por la niña que fue: sin casa, sin abuela, sin campo de Polonia y sin muñeca.
–Mi mamá me dijo: "Bueno, después de todo, te voy a hacer otra acá". Y yo le dije: "No, yo quiero a mi Marysia". Al otro día mi papá me compró una Marilú.
Pero nunca fue lo mismo y hasta ahora el recuerdo le clava las garras, cada tanto.
en esta imagen se puede observar la familia de la victima. (http://www.lanacion.com.ar/859190-polacos-antes-y-despues-de-la-guerra)
en esta imagen se puede observar la familia de la victima. (http://www.lanacion.com.ar/859190-polacos-antes-y-despues-de-la-guerra)

